La Pirámide del Adivino. 

El sol me azotaba la cara. Al ver abajo sentí vértigo: desde la cima la escalinata parecía una rampa. A lo lejos la estepa yucateca, cubierta de jungla. 

Mis padres estaban petrificados. Su hijo de diez años había trepado como gato. Veían desde abajo como tentaba su suerte con cada escalón. Yo era un Indiana Jones, un científico que arriesgaba su vida para develar los misterios de los mayas. 

He perdido ese espíritu aventurero. Por eso, veinte años después, esperaba repetir el ritual: la memoria de aquella escalada se habia vuelto mítica. 

Me llevé una desilusión, pues, por razones obvias, ya no está permitido subirla. 

Tendré que esperarme otras dos décadas;  un pestañeo de ojos para la pirámide, que sigue siendo niña.

Tardó trescientos años construirla.  

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