El sindicato de Homun

Paramos en Izamal, pueblo de paredes color yema de huevo donde hay una iglesia con un amplísimo atrio: según las placas turísticas, el segundo más grande del mundo, después de San Pedro. 

El mismísimo  Juan Palo II la visitó en los noventas. Todos, todos, lo recuerdan.  

Después de media hora, por fin legamos a los cenotes, esas catedrales geológicas bajo la tierra. El agua se filtra por la piedra, creando un color azul celeste. El sol casi no penetra, la luz rebota en las paredes como una presencia difusa, perfecta para nadar. 

Arriba, en el pueblo de Homun, escasea la belleza. Los perros se pasean entre las calles descuidadas. Las casas están a medio construir. La pobreza es apabullante. 

Nuestra guía, una chica maya de 13 años de tremenda energía nos guiaba desde el coche. En sus piernas se sentaba su hermana de nueve años, le estaba enseñando a ser guía. 

“Cuando acabe la preparatoria voy a ir a Mérida a estudiar una licenciatura en Administración Turística” nos decía, mientras atravesábamos un camino de terraceria, hablando de su pueblo con visión de política profesional. 

 “Hay que pavimentar.También necesitamos un sindicato de trabajadores de turismo. Para dejar de pelearnos por clientes.”

Acabó el tour, le dimos una propina. 

Se fue corriendo con su mamá, que estaba sentado en una silla de plástico, en el estacionamiento de tierra, vendiendo chicharrones. 

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