Los turistas son personas, también.

Estoy acostado boca arriba sobre el suelo de mi hotel. Me duelen músculos que no sabía que tenía. Escribo con los ojos cerrados, el teclado reposa sobre mis pies.  La última vez que chequé mi teléfono llevaba 15600 pasos caminados, el equivalente a dos horas y cincuenta minutos de movimiento.  Lo que el teléfono no toma en cuenta es que ese recorrido se hizo con unas chanclas que quedaron destrozadas. Tampoco que el portador de éstas tiene problemas de espalda desde hace años. Y mucho menos que caminó nueve kilómetros un poco por voluntad. Un poco a la fuerza.

Siempre es lo mismo. Por la mañana relativamente fresca nos subimos al vaporetto con el celular lleno de batería y lo ojos bien abiertos; en el horizonte aparece la ilusión exótica de la torre de San Marcos, la plaza central.  Poco a poco, la ciudad se nos acerca, como desde otro tiempo.

Cuando se llega a el malecón el barco nos escupe y de repente ahí estamos, caminando entre el caudal de miles y miles de turistas, todos (incluyéndonos) con las cámaras afuera, deteniéndose frente a las diminutas pantallas cada dos minutos, orgullosos de constatar que no, las postales no mienten: se lo diremos a nuestros amigos: ésta es la ciudad más hermosa del planeta.

Pero cuando nos atrevemos a entrar a unas de sus calles caemos en cuenta de que los lugares de interés ya los conocemos: ahí está el famoso canal United Colors of Benettón, y la vía Intimísima, que colinda con la plaza Guess y el pequeño callejón TagHuer. En el Puente H&M pude comprarme una camisa de gondolero para luego posar sobre el canal, que se encontraba junto a el basurero desbordado, tributo a San McDonalds.


Y es que en  Venecia el turista es la mercancía: si no circulas, no generas dinero.  Quizá por eso no hay lugares donde sentarse, ni baños públicos, ni sombra. Puede ser que esa sea la razón por la cual, en los cafés, te traigan la cuenta antes de tiempo y te digan que no sirve su Wifi.  Que no se te ocurra quedarte ahí, respirando ese aire veneciano, sin gastar.

La laberíntica ciudad es única e inigualable, pero las estrategias de control de masas son las mismas que en Disneylandia o en Times Square. Si uno osa reposar en Venecia tiene que estar dispuesto a pagar un café de dieciséis euros y correr el riesgo de aparecer en una selfie de un turista coreano, noruego o brasileño.

A final de cuentas nadie dijo que era fácil ser turista. Puede que uno regrese al hotel con una hernía nueva, pero al menos regresa con un giga o dos de fotos extremadamente instagrameables y listas para compartir en Facebook. Pudimos robarle a la ciudad unas bolsas de  Zara y de Pull and Bear. Pocos se han atrevido pero nosotros lo logramos, la hemos domado: Venecia es nuestra.

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