“Se renta”: Estambul

Balat:

Queríamos caminar pero ellos insistieron; el taxi cruzó sobre el Cuerno de Oro —por la ventana: la uña de agua.

Fachada blanca. Escaleras viejas. Acabados modernos. Paredes recién pintadas.

Nos sentamos en el patio del loft, bajo un techo de plástico. La sala empezaba a parecer sauna.

—Va a estar en boga pronto, los artistas e intelectuales de Karaköy se quieren mover para acá— nos dijo en su acento inglés: pelo gris, jeans usados y tenis Converse. Una enciclopedia de Estambul, aunque algo en su actuar me hacía pensar que estaba huyendo.

El calor era insoportable.

Ella, por otro lado, permanecía callada. Falda ejecutiva, tacones, manos sobre las piernas: no sabía nada sobre el papel de la ciudad en La Historia del Mundo, aunque había vivido en ella toda su vida.

Necesitaba aire. A la hora de pararme a abrir la ventana los sentí inquietos. 

Abrí. Afuera: un patio con basura y ladrillos. Una pared verde, color moho, hoyos en vez de ventanas.

Escombro de guerra mundial.


 

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Kabatas:

Neblina total. Caminar la ciudad como entre fantasmas.

Un lugar austero pero limpio. Una recámara, una sala. 

— Es un lugar muy central. A dos minutos de Taksim. Junto a los ferries de Kabatas.

Las escaleras daban hacia la azotea. Cuando salimos nos vimos rodeados de blanco. Lo único que podíamos ver, en el monte detrás de nosotros: la iluminación difusa de los edificios invernando. 

Apuntó hacia la nada:   

— Por lo general, ahí está Asía.


Taksim:

Desde una terraza una voz con acento holandés dijo que tocáramos. Pero no pasaba nada. Por fin se asomó un joven musculoso de corte militar. Nos pegó una luz amarillenta, una ola de calor húmedo y de música electrónica:

— ¿Qué quieren?

—Este…¿es éste el lugar que rentan?

Cerró la puerta. La volvió a abrir. 

— Pasen.

Mis lentes se empañaron. A través de un pasillo hacia una puerta de madera. Cuando la abrió la música explotó: al fondo un sillón, una televisión, y un joven negro caminando furioso, como toro enjaulado.

— Ésta es la recámara.—nos dijo el joven, el negro se sentó en un sillón y prendió la televisión. 

— Pero no queremos una recámara, queremos un departamento.

 Se volvió a parar y  se le puso en el camino.  — Ahora no.— Le dijo nuestro guía y le cerró la puerta del departamento en la cara. Los gritos de inglés nigeriano se perdieron detrás de ésta.

—Espérenme. Voy a hablar con el abogado…¿Ahá? …Sí…

Guardó el celular.

—Ok, síganme…

Llegamos al primer piso, el sonido de videojuegos. De una puerta se asomó un joven chaparro —pelo de afro, lentes de pasta negra— con una camisa negra sin mangas y unos shorts largos de surfero.

Cerró.

En unos cuantos minutos abrió, de nuevo. Entramos.

Había tantas cosas tiradas que no se podía ver la cama. Ni los demás muebles. Ni el piso, ni la pared, ni la alfombra.  De regreso en el pasillo vimos al negro, asomado desde abajo de la escalera.

— GIVE ME MY BED WARMER!

El guía nos vio como para decirnos: ¿Ven con lo que tengo que lidiar?

— WHERE IS MY BED WARMER? I HAD IT, NOW ITS GONE!

Las personas de otros departamentos se estaban asomando para ver qué estaba pasando. Para entonces, los dos estábamos seguros —sin saber exactamente lo que era un bed warmer pero intuyendo su uso y, francamente confundidos al no poder comprender cuál era la la necesidad de dicho accesorio en aquel sauna— que nuestro guía lo había robado. Ahora el bed warmer estaba en un mercado de segunda mano, o quizás se encontraba en la cama de la holandesa.

— ¿Les gusto?— preguntó, ansiosamente, el guía.— Pueden mudarse a principios del próximo mes. Si me dan hoy el adelanto.

— Pero yo le dije al abogado que necesitábamos mudarnos lo más pronto posible. Estamos viviendo en un hostal.

El guía exhaló y subió los brazos, luciendo sus impresionantes bíceps. Pasó ambas manos sobre us pelo, decidiéndose. Después de un minuto saco su teléfono, pero luego lo apagó y volvió a meterlo en su bolsa.

El nigeriano gritaba cada vez más fuerte.   

El guía nos inspeccionó, mordiéndose los labios; por fin se acercó a la puerta del departamento,  y gritó:

— Ok, pueden mudarse  ¡EN DOS DÍAS!

En el camino de regreso, Yvonne se atacó de la risa: un camión de carga tiraba, accidentalmente,  un anuncio que colgaba entre dos casas.

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