Después del diluvio

La pantalla cambia cada vez que abro los ojos. Aparece un avión, de cortes neandertales, atravesando la isla de Inglaterra: 20,000 metros por encima del nivel del mar, dos centímetros por encima de Plymouth.

Sueño incómodo. Dos horas, treinta y un minutos para llegar. Dolor de cuello. El avión es un monstruo que cubre la mitad de Europa. Pinche cojín incómodo. 50 grados centígrados bajo cero.

La pantalla de al lado es diferente, Yvonne la ve y se caga de la risa, me sonríe. Me encanta el humor inglés, dice. Que bueno, mi vida, le digo, cara de pedo atorado.

Hace cinco horas eras otra. Estabas de cuclillas —sin bañarte, con la ropa ésa que ibas a tirar puesta y el pelo hecho un desmadre—rumiando un cuarto que ya no era tuyo. Tres años de vida en ruinas–los escombros sobre el piso. Me volteaste a ver con odio, I could go on packing… if you just stopped botherin me–Si, ajá.

Cuando uno busca trabajo en Nueva York le piden que sepa trabajar bajo presión. Pero, cuando no…

…el dinero no va a alcanzar. Revisa, por enegésima vez, tus finanzas personales y llega a un aproximado de vida que queda. Decide cuándo y a dónde te vas. Date, por quince segundos, el lujo de fantasear sobre el costo de vida en tu destino final.

El boleto está comprado, la cuenta regresiva activada.

Tiempo de actuar.

Cancela el Internet, la luz, el celular, la subscripción al periódico, las revistas y la membresía al gimnasio. Cambia la dirección que aparece en tu cuenta banco.

Una semana.

Toma fotos de los muebles, súbelos a Craigslist, coordina la mudanza y entrega los muebles el mismo fin de semana en el que pensabas empacar. Mete tus libros en cajas y pasa medio día monopolizando la cola de la oficina del servicio postal.

Compra una báscula para medir el peso del equipaje y realiza un estimado de las cosas que te quedan por empacar.

Está mal.

Tres días.

La casa, zona de guerra, peor que Hiroshima. ––¿Necesitamos otra maleta?–Mañana a las tres pasan por la cama. –Déjale eso de regalo. –A la basura. –Déjame en paz.

Un día.

Es fácil tirar cosas que, hasta hace poco, tenían un orden y un lugar. Acuérdate de traer ese cuadro horrible, que es el que más me gusta, ¡ah! y el saco ése, y el blistex, que es de valor sentimental.

Tres horas.
Deja la nueva maleta extra con el primo, deposita ese cheque que queda pendiente, compra un pollo en el lugar árabe y luego–pero de volada–vete a comprar otra maleta en la tienda de los chinos. Pero los chinos son buenos cristianos, y su tienda es la única en toda la puta isla de Nueva York que está cerrada en domingo…quién lo iba a pensar…

Dos.

El pez medio muerto y ¿quién se lo va a llevar? ¿Y el gato? ¿Y las ranas?

Se fueron con el Arca de Noé.

Noé rescata, hasta que no: el trato era simple: yo le conseguía clientes y él me traía queso Oaxaca de San Miguel de Queens; la camaradería cedió ante el oportunismo gringo; pobre emprendedor Oaxaqueño.

Es hora.

Noé ha cancelado. Deja lo que puedas, agarra tus cosas,hay que irse. El taxi espera.

Llega arrastrando seis maletas al aeropuerto. Una fortuna de sobrepeso.

Quince capas de ropa, el cinturón, los zapatos y las tres mochilas que tienes en los hombros…

Quítatelos, para pasar por seguridad.

Llega a la sala, tómate un vinito para relajarte y bájale a la ansiedad.

Dale el cuadro a la aeromoza para que lo ponga adelante. Siéntate sobre la montaña de ropa, junto al pasillo.

Apaga la luz, recuesta el asiento.

Abre los ojos.

Media hora para llegar…

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