Las multitudes enardecidas: imaginarios globales en tiempos de crisis

(Escrito en conjunto con Juan Carlos Serrano Aguirre)

Imagen 1: “La carga” de André Devambez: enfrentamiento entre policías y manifestantes en París, 1902

Las hemos visto por doquier en los medios: son las multitudes enardecidas, levantando sus voces y agitando sus puños y pancartas -y a veces hasta armas- en el aire, cuestionando los símbolos establecidos del poder político y económico en cualquier parte del mundo. La multitud se hace visible en las plazas públicas y en las avenidas principales, manifestando el descontento del pueblo.

Estas imágenes son símbolos de crisis políticas: las masas que se juntan frente al palacio de gobierno o afuera del edificio de la bolsa de valores -ambos espacios arquitectónicos representantes del poder-, manifestándose en contra del orden establecido. Este singular gesto, ocupar los edificios y las instituciones gubernamentales, intenta mostrar -y a menudo lo consigue- la incapacidad de las instituciones para garantizar el bienestar de las mayorías para quienes trabajan. Descontento social en su máxima expresión.

Como decíamos, esta clase de documentos periodísticos se han vuelto casi omnipresentes, formando parte de nuestro repertorio cotidiano de imágenes. Si uno se dispone a bucear en los archivos audiovisuales disponibles en la red en fechas recientes, encontrará por doquier fotos y videos de las masas tomando avenidas principales y plazas públicas en las grandes ciudades y capitales del mundo. Da lo mismo que sea en El Cairo, en Atenas o a las afueras de Wall Street, los manifestantes aparecen por todos lados, conglomerados y en plena ebullición, causando violencia y estragos en los centros más representativos del poder de sus respectivos países. El hecho, nada banal, de que la revista Time nombrara como ‘Persona del Año’ en 2011 a la figura colectiva ‘The Protester’ (“El manifestante”) nos dice algo en términos de visión de conjunto histórica, una especie de sintomatología de nuestro tiempo.

El que las imágenes representen lo mismo –el descontento de la sociedad civil– para públicos que viven en lugares tan diferentes es algo digno de mención. Parecería que este tipo de imágenes están grabadas en nuestras memorias colectivas: sabemos cómo reaccionar frente a ellas, y esto nos habla de una estructura compartida de sentimiento e interpretación de los hechos.

La imagen de la multitud enardecida está tan integrada en nuestra cultura que imágenes creadas hace más de un siglo nos causan el mismo tipo de reacción. Una obra pictórica actualmente exhibida en el Museo Nacional de Arte de la Ciudad de México, un clásico de la pintura realista francesa titulado “La charge” (“La carga”), realizada por André Devambez en 1902, ilustra un enfrentamiento entre la policía parisina y una turba de manifestantes en el Boulevard Montmartre, probablemente anarquistas o nacionalistas enemigos de Dreyfus. [Imagen 1, arriba]

Imagen 2: Policía escapando bomba molotov en Grecia, 2012 (Fuente: www.buynaturalgarciniacambogia.com)

En la primera plana del diario mexicano La Jornada, la semana pasada apareció una fotografía mostrando a un policía siendo alcanzado por una bomba molotov lanzada por manifestantes en Atenas, los cuales protestaban contra el nuevo plan de austeridad aprobado por el Parlamento Griego. Una fotografía, sin duda, estremecedora, y con una similitud temática innegable a “La carga” de Devambez.

Hizo notar Baudelaire mediante su poesía que nada está desligado, que todas las cosas mantienen vasos comunicantes entre sí -son ecos, metáforas de otras realidades y formas de percepción-, hilando narrativas y correlatos que sólo el artista es capaz de descubrir, de leer, de transmitir. Lo mismo sucede, al parecer, con los acontecimientos.

Walter Benjamin, por otro lado, sugirió que la historia se nos revela por medio de imágenes mesiánicas. Según esta visión, la historia no es una narrativa que se pueda trazarse linealmente, sino que consiste en saltos cualitativos que se nos revelan fragmentariamente, mediante destellos o momentos de iluminación. La forma estética se vuelve, en este sentido, una especie de puente temporal entre nuestro presente y épocas pasadas.

Las expresiones estéticas nos permiten percatarnos de la estrecha relación entre dos hechos históricos muy distantes entre sí: una especie de puente entre dos épocas lejanas en tiempo, pero sorprendentemente próximas en espíritu.

El enfoque esteticista mediante el cual una “simple” imagen es capaz de detonar en el espectador la reflexión sobre una constante presente en la historia de nuestras sociedades modernas -la pugna entre la digna rabia de la sociedad civil y los poderes que constantemente atropellan sus derechos y la oprimen brutalmente- no parece haber perdido vigencia al paso de las décadas y los siglos (todo lo contrario), y ha llegado incluso a penetrar en variadas ocasiones la corriente popular de entretenimiento masivo.

Basta con retomar algunos casos en las industrias del cine, la TV, los videos musicales, los videojuegos, etc. para darse cuenta de la fuerza emocional de las imágenes de masas enardecidas en el espacio público y de su enorme efectividad emocional en el auditorio que las presenciamos. En uno de los filmes más taquilleros de este año, “Batman: The Dark Knight Rises”, se representa una secuencia en la que las multitudes se enfrentan con las fuerzas policiales sobre los puentes de Nueva York: una clara reminiscencia al movimiento Occupy Wall Street, que tuvo un enfrentamiento parecido el año pasado. [Imagen 3]

Imagen 3: Manifestantes de Occupy Wall Street se encuentran con policías sobre el Brooklyn Bridge en Nueva York, 2011

En otro trabajo audiovisual, un par de artistas residentes de Nueva York, Kanye West y Jay Z, nos muestran en el videoclip “No Church In The Wild” [Video 1] una violenta escena de caos urbano que parece extraída directamente de las manifestaciones atenienses actuales, magníficamente retratada por su director, Romain Gavras. Los impasibles rostros blancos de las estatuas contrastan fuertemente con las violentas expresiones de rabia, dolor y desconcierto por parte de los policías y manifestantes que aparecen en el video. La idealizada templanza y el decoro característico de la antigüedad clásica pierden todo sentido frente a las caóticas revueltas multitudinarias de nuestro mundo contemporáneo. El mensaje es claro: cuando se está a la intemperie no hay lugar para la serenidad.

Video 1: “No Church in the Wild”, 2012: enfrentamiento de masas contra policías con un sorprendente parecido a las violentas manifestaciones y protestas en Grecia, aunque susceptible de ser situado en cualquier lugar del mundo.

Los estragos geopolíticos atribuidos –muchas veces superficialmente– al fenómeno de la globalización están cambiando la relación entre el gobierno y los ciudadanos. Ante el clima de incertidumbre generado por una economía global en crisis, los ciudadanos de diferentes ciudades se congregan y expresan su descontento frente a los monumentos y edificaciones que, ante sus ojos, simbolizan dichos poderes. En ese instante aparece el fotógrafo, el cineasta o el videoartista, el cual reconoce que algo fundamental está aconteciendo frente a él, y logra plasmarlo en su obra: el simbolismo político del espacio público explota a nivel local y termina circulando, en forma de material plástico o audiovisual, en circuitos globales.

Es curiosa la manera en la que obras de arte provenientes de diferentes siglos, situadas en distintas ciudades y plasmadas mediante diferentes medios, terminan siendo bastante parecidas entre sí, una especie de “obras-espejo”: al hablar un mismo lenguaje, logran conectarnos con un sentimiento al mismo tiempo masivo y epocal, resignificando nuestras vivencias actuales. Es así como este enfoque esteticista de los acontecimientos emergentes logra sumarse a nuestros inventarios de percepciones políticas del mundo. Gracias a que participamos en un imaginario global podemos ver a las multitudes enardecidas y entenderlas como actores políticos en conexión con nosotros. En este sentido, la multitud se logra insertar en narrativas al mismo tiempo estéticas y políticas.

Como público globalizado, casi nunca nos encontramos en el lugar de los hechos: nuestra experiencia de los acontecimientos mundiales clave se encuentra siempre mediada por los periódicos, las cadenas televisivas, el internet etc. Estos medios necesitan poner sus imágenes en narrativas que podamos procesar –de esta manera capitalizan el inventario de mitos que tenemos en nuestra cultura. Las imágenes mediáticas se insertan en narrativas que nos ayudan a entender el mundo y a planear nuestras acciones –son guías emocionales y políticas que simplifican la complejidad de fenómenos multidimensionales, para que podamos procesar así la avalancha inconmensurable de sucesos importantes que ocurren día tras día alrededor del globo. En este sentido, las obras de arte o imágenes alusivas a las multitudes enardecidas activan estructuras simbólicas en común, y esto nos ayudan a interpretarlas como símbolos de caos político con el que podemos identificarnos.

¿Qué ganamos o perdemos con representar a las masas de esta manera? ¿De qué manera estamos predispuestos –o por decirlo de otra manera, “entrenados”– por obras de arte como “La carga” o videos como “No Church in the Wild” para ver ciertas cosas y no otras? ¿Qué muestran y qué ocultan estas concepciones de la realidad a nuestros ojos contemporáneos?

El carácter transmutador -y quizás para algunos, paradójico- de la labor artística consiste en la capacidad de transformar una situación de notable descontento y malestar colectivo en un material de considerable valor estético que circula globalmente. Es necesario para un artista que toma fotos para un periódico observar el contexto social a partir de un imaginario global para que la imagen circule por todas partes sin ningún problema. Al igual que el público global que contempla sus fotos, el artista actúa y gesta su obra bajo ciertos moldes estéticos indiscernibles de su subjetividad, mismos que le ayudan a abordar y entender la realidad. Bajo esta óptica, él mismo es partícipe de imaginarios colectivos legado de épocas distantes, y las obras de arte pasadas le ayudan a tener el “ojo estético” indicado para captar la belleza de la crisis que él vive como actual: su contexto cultural le ha impartido, en términos flaubertianos, una “educación sentimental”. Aquí, la línea divisoria planteada por algunos pensadores y críticos del arte y la cultura entre el aristócrata de espíritu y el vulgo parece borrarse: el artista, al igual que el público en general, se encuentran inmersos en una imaginario globalizado que tiende puentes hacia el pasado y que condiciona nuestra manera de ver e interpretar nuestro presente.

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3 Comments

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