9/11 no sana: el corazón y el trauma.

En mi vecindario, los síntomas del trauma colectivo llamado 9/11 se viven como sospecha de conspiración.

El East Village es conocido por ser la cuna de anarquista y socialistas en el Nueva York de la decada de los setentas. Durante los ochentas, fue un basurero de adictos al crack y vagabundos. Hoy, es uno de los centros nocturnos más activos de la ciudad.

A pesar de este giro urbano, el lugar sigue manteniendo una espiritu de crítica y apertura social: dos de cada tres personas tienen tatuajes; en las librerias uno encuentra tomos completos de autores como Walter Benjamin y Lenin, etc.Durante la última semana, las teorias de conspiración sobre lo ocurrido en el sur de la isla han invadido las calles de este barrio en la forma de stencils y estampas con slogans anti-gobierno.

La verdad es que no hay una sola forma de darle sentido al evento ya que todas las manifestaciones del síntoma son igualmente válidas (a pesar de que, en varios casos, estas expresiones llegan a ser contradictorias entre si) .En otras palabras: el que 9/11 sea o no un fraude es irrelevante frente al hecho de que las torres ya no están. No puedo pensar en otra manera de expresar esto mas que señalando que se supondría que debería de haber un cierto “algo” en la silueta metálica de la ciudad que no se encuentra ahí. En vez de algo: nada. Aire. Vacio

Sábado 10 de Septiembre por la noche: sobre el techo de un edificio en Tribbeca se reúne un grupo de personas para una fiesta. El evento es custodiado por la presencia luminosa de los gigantes financieros de Wall Street. El imperio se expresa también mediante la arquitectura, espectacular e intimidante al mismo tiempo.

Estando inmerso en este contexto, me pongo a hablar con extraños sobre el evento que se celebrará en algunas cuantas horas a la vuelta de la esquina–las columnas de luz en el lugar de las torres. Una Neoyorquina me señala que, de estar aqui, las torres (que no están, lo recalco) rebasarían por mucho la altura de cualquier otro edificio alrededor de nosotros. Sorprendido, miro hacia el vacio, nada… El hecho de que las columnas de luces-supuesto homenaje a dicha construcción- no se encuentren prendidas en ese momento refuerza la ausencia. El fantasma está doblemente presente. No está x 2.

Domingo 11 de Septiembre: a las 8:30 de la mañana (hora en el que se estrello el primer avión) se escuchan las campanas de las iglesias de la ciudad. En la radio pública se oye la voz de Paul Simon cantando “Sounds of Silence”, los familiares de las victimas recitan los nombres de todos los que murieron al mundo.

Algunas horas después de este evento me reuno, en Brooklyn, con mi amiga Neoyorquina Nikki, que me lleva a una tienda de productos mexicanos y después a “brunchear”. De regreso, caminando por las calles, me cuenta que la noche anterior había soñado cuatro veces con la misma pesadilla: su familia estaba atorada en el Brooklyn Bridge, desesperados porque había un atentado y no podían cruzar. El trauma colectivo expresándose, ahora, de manera individual.

Escribir este post me hace darme cuenta de la inmensidad de lo ocurrido y de lo lejano que me encontraba yo, en México, del corazón del evento. El que la carga simbólica de dicha tragedia se haya utilizado como justificación de acciones políticas de dudosa naturaleza no nos debería desviar del hecho de que el dolor está aquí, latente. Es real.

Por más mediatizada que haya sido nuestra experiencia de 9/11 hay que señalarlo: hay víctimas. Toda la urbe sigue mostrando, de cierta manera, los síntomas generales de un estrés post-traumático.

La ciudad, al parecer, no ha podido cicatrizar.

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